AGENCIA/JUGANDO CON LA ESPOLETA

 Daniel Scioli no es comparable a Oscar Bidegain. Uno viene de la centroderecha y el otro militaba en el peronismo de izquierda. Tampoco Victorio Calabró, un sindicalista metalúrgico que terminó amigo de los militares, es Juan Gabriel Mariotto, un docente hoy cruzado de lo nacional y popular. Pero lo de gobernador vs. vicegobernador apoyado por la Casa Rosada, tiene historia en el PJ.

por MICHAEL SOLTYS

 

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Buenos Aires Herald). La protesta encabezada el miércoles por policías de la Bonaerense, para expresar su indignación ante las sanciones a oficiales castigados por sólo obedecer órdenes  -  para impedir que los jóvenes militantes ultra-kirchneristas de La Cámpora coparan el acto de reasunción del gobernador Daniel Scioli el lunes pasado – , fue mucho menos un problema pasajero que el resultado inevitable de un conflicto político latente entre un Scioli de centroderecha y su vicegobernador ultra-K Gabriel Mariotto.

Ya que el nombre de La Cámpora está inspirado en el presidente que gobernó durante siete semanas en 1973, podría ser interesante evocar la escena política bonaerense de aquel año, puesto que podría anticipar lo que vendrá ( aunque con las posturas ideológicas invertidas ).

Así, las mismas elecciones que llevaron a Héctor Cámpora al gobierno para abrirle paso a Juan Domingo Perón, también impulsaron la lista del peronismo para el gobierno de Buenos Aires encabezada por Oscar Bidegain (un veterano peronista de izquierda altamente permeable a la infiltración montonera en su gobierno) y Victorio Calabró (un líder sindical metalúrgico, a quien muchos en la cúpula militar habrían querido ver en la presidencia).

A los 10 meses de asumido, el oscuro peronista de derecha Calabró se había impuesto sobre Bidegain en la gobernación.

¿Veremos al peronismo de izquierda hacerle lo mismo a Scioli?

Si la presencia de la Infantería de la Bonaerense es necesaria para la asunción de un gobernador reelecto con el 55 % de los votos, eso ya es un mal comienzo.

Lejos de evitar problemas, la policía -desplegada para garantizar que los palcos desbordaran con los muchachos con remeras naranjas que aclamaban a Scioli, en vez de los fans de Mariotto agrupados en La Cámpora-  suscitó la secuencia de violencia del lunes, las sanciones disciplinarias, la reacción del miércoles y la promesa de rever las sanciones que puso un fin temporal a la crisis.

En retrospectiva, Scioli tal vez habría evitado esta situación si hubiera seguido el ejemplo del gobernador de Córdoba José Manuel de la Sota y elegido a su propio compañero de fórmula, diciéndole al Gobierno: “¿Quieren los 10,82 millones de votantes bonaerenses, o no? Tómenlo o déjenlo”, en vez de dudar hasta que se impusiera Mariotto.

Pero no lo hizo, y las tensiones de esta semana podrían continuar indefinidamente.

 

Mientras que la policía es el jamón del sándwich en esta crisis política, la inseguridad acecha a la provincia.

Que la policía choque con activistas no es el único ejemplo de contaminación política: resulta curioso que recién después de la asunción de Scioli surgieran los nuevos datos a partir del análisis de ADN sobre el cuádruple asesinato en La Plata, hasta ese entonces supuestamente resuelto.

Pero la lucha contra el delito es un asunto demasiado serio para convertirlo en un peloteo político.

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